Necesitamos tu ayuda

Tu aportación, por pequeña que sea, es importante para nosotros
Somos una Asociación de Utilidad Pública desde el 21/05/2008 (BOE 03/06/2008).
Este reconocimiento permite al donante desgravar sus aportaciones.
Nuestro propósito
Nunca volveremos a ver a todos los que nos faltan, pero su involuntario sacrificio permanecerá para siempre en nuestros corazones y en la memoria de toda la ciudadanía.
Tomamos también la palabra en representación de los que sobrevivieron, de aquellos que aún sufren la pesadilla del golpe cruel que ha marcado sus vidas para siempre y del que difícilmente podrán recuperarse algún día. De esos molestos testigos vivientes del horror.
Nuestro inmenso dolor nos empujó a aunar las fuerzas con el empeño decidido por conocer la VERDAD, la necesidad vital de conseguir JUSTICIA y REPARACIÓN, y el firme propósito de construir la MEMORIA y trabajar por la PAZ
11 de marzo
Desborda, la distancia, el sentimiento
embargados de rabia y de impotencia,
al no poder estar en el momento
de ayudar, mitigando el sufrimiento,
ante el terror, la ignominia, y la inconsciencia.
Lamentar que en el mundo quede gente,
cuya razón de vivir es la venganza.
Segar la vida, es parar la enseñanza,
dejar la creación sin objetivos,
¡grite el silencio, de nuestras manos blancas!
Se venza el fanatismo y la ignorancia,
germinen nuevas huellas y caminos.
Y ante el crimen sin causa, nuestro orgullo,
ante la cobardía, nuestro empeño,
que nos sepan unidos y seguros,
¡no pasarán!, si nos sentimos uno
siendo español, canario y madrileño.
La madre triste
Una guerra cruel había devastado el país dejándolo sin recursos y muriendo parte de sus habitantes, entre ellos, el joven Salik. Su madre, Malina, había vivido toda su vida pendiente de él, y esperaba con ilusión cuidar un día de los nietos de su hijo. Pero la guerra se lo llevó.
Desde aquel día, Malina, no pudo hacer nada, se pasaba los días en la cama llorando la muerte de su hijo.
La guerra terminó y los habitantes de aquel país retomaron sus vidas. La vieja tahona siguió fabricando el pan a diario con la misma exactitud, el almendro floreció a la llegada de la primavera, los mirlos volvieron al nido a criar a sus polluelos, y los vecinos de Malina, tuvieron un nuevo y precioso bebé. Todo esto sucedía mientras Malina seguía postrada en su cama.
Un día, Malina decidió salir de su casa, y comenzó a cuidar su pequeño jardín, y al regar el almendro entre las flores vio el rostro de Salik que le sonreía. Dio de comer al pequeño mirlo, y en el nido vio otra vez la sonrisa de Salik. Se acercó a visitar al nuevo bebé de sus vecinos y este le devolvió de nuevo la sonrisa de Salik. Al atardecer, el rostro de Salik nunca se había ido sino que seguía con ella dentro de su corazón, y le encontraba en los pequeños actos de su vida.
Salik se alegraba si veía a su madre feliz.
Desde entonces, Malina, nunca más volvió a estar triste, porque sabía que Salik siempre estaría con ella, y como todos los habitantes de su país trabajo duro para reconstruirlo. Allí vivió muchos años y os puedo decir que fue muy feliz.
Esto pasó hace mucho tiempo, y en aquel país nunca más hubo guerra, por eso sus habitantes le cambiaron el nombre y le llamaron: Paz.
Erase una vez
Erase una vez… porque todos los cuentos para serlo han de comenzar así, ¿verdad? Pues eso, érase una vez una chica a la que le gustaba viajar en tren aunque también le gustaban otras muchas cosas: el olor de su sobrino nada más despertar y el del betún de los zapatos, los pistachos, los palos de agua, oír llover desde la cama, los caballitos de mar, El Principito, las películas de piratas, el chocolate blanco, caminar descalza por la arena y tantas cosas que llenaría muchas hojas para no dejar nada olvidado. Sí, es cierto, aquella chica eras tú.
¿Puede un cuento tener un final triste y sin embargo no dejar por ello de ser un cuento?¿Puede el mes de Marzo saltar del día 10 al 12 para que no pueda contar otro año sin ti? ¿Puede la primavera volver a florecer sin que estés aquí para verlo?¿Puede mi corazón dejar de latir por culpa de la tristeza? ¿Puede un tren dar marcha atrás y alejarse para siempre de aquella estación?
Inexplicablemente a mí también me siguen gustando los trenes… porque te recuerdo dormida en algún punto del trayecto Hendaya – París hace ya más de diez años, o comiendo un bocadillo sentada en el suelo de la estación de Bruselas el verano que recorrimos Europa; te veo con la frente pegada en el cristal observándolo todo, o tratando inútilmente de subir tu mochila en el portaequipajes.
Dicen que los padres no deberían sobrevivir a los hijos, ahora sé que tampoco las hermanas mayores deberíamos perder a las pequeñas antes de tiempo.
No pasa un solo día sin que te confunda con alguna chica rubia con el pelo recogido en una cola de caballo; incluso hay veces en que creo ver parpadear tu nombre en la pantalla de mi móvil, porque sigue grabado entre «Mónica» y «Noelia».
A veces creo que si hubiera habido alguna despedida el dolor sería menor, el sentimiento de vacío no tan intenso. Me resisto a olvidar el timbre exacto de tu voz, los pequeños gritos que conformaban tu risa, la forma que adquiría tu boca al bostezar, la manera peculiar de sentarte en el sofá para ver la tele.
No puedo dejar mi vida y vivir por ti la que nunca tendrás: porque yo no sé dibujar, ni me sale rica la tortilla de patata, no hablo cuatro idiomas, tampoco sé hacer una ranita que salta con un trozo de papel. Además, me da miedo viajar sola y me aburre ir al cine sin compañía… Pienso en las cosas que nunca harás, en tus sueños incumplidos: no serás mamá, ni viajarás por todo el mundo después de jubilarte; no te comprarás un ático con una terraza enorme, ni el pequeño coche de segunda mano para el que llevabas tanto tiempo ahorrando.
Mi casa que estaba llena de cosas, ahora está a rebosar. He traído muchos recuerdos de tu piso, incluida tu colección de tarjetas de teléfono, Trasgu y tus libros en japonés, que nunca llegaré a entender. He repartido tus fotos por toda la casa, así que me das los buenos días vestida de Pipi Calzaslargas, en el último carnaval que salimos juntas, y mientras desayuno, me sacas la lengua toda despeinada, desde alguna playa de Asturias.
«Los perros no deben vivir en los pisos» te dije un día muy seria, y ahora Trasgu mordisquea mis zapatillas y hasta le doy permiso para subirse al sofá mientras le acaricio detrás de las orejas, como solías hacer tú.
Me gusta pensar que aquel día te habrías quedado dormida, por culpa del madrugón y gracias al calor que hacía en el vagón. Necesito creer que no oíste la explosión, ni los gritos de socorro; que no llegaste a oler a quemado, ni a ver el amasijo de hierro que te rodeaba.
A la niña que fuiste alguna vez, también le gustaban los cuentos: Erase una vez…
El rostro de un pueblo herido
En España, solidarizarse es un verbo que todos los días se conjuga en sus tres tiempos: presente, pasado y futuro. El recuerdo de la solidaridad pasada refuerza la solidaridad que el presente necesita, y ambas, juntas, preparan el camino para que la solidaridad, en el futuro, vuelva a manifestarse en toda su grandeza.
El 11 de marzo no fue sólo un día de dolor y de lágrimas, fue también el día en que el espíritu solidario del pueblo español ascendió a lo sublime con una dignidad que me tocó profundamente y que aún hoy me emociona cuando lo recuerdo. Lo bello no es sólo una categoría de lo estético, podemos encontrarlo también en la acción moral.
Por eso digo que pocas veces, en cualquier lugar del mundo, el rostro de un pueblo herido por la tragedia habrá alcanzado tanta belleza.



