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Nuestro propósito
Nunca volveremos a ver a todos los que nos faltan, pero su involuntario sacrificio permanecerá para siempre en nuestros corazones y en la memoria de toda la ciudadanía.
Tomamos también la palabra en representación de los que sobrevivieron, de aquellos que aún sufren la pesadilla del golpe cruel que ha marcado sus vidas para siempre y del que difícilmente podrán recuperarse algún día. De esos molestos testigos vivientes del horror.
Nuestro inmenso dolor nos empujó a aunar las fuerzas con el empeño decidido por conocer la VERDAD, la necesidad vital de conseguir JUSTICIA y REPARACIÓN, y el firme propósito de construir la MEMORIA y trabajar por la PAZ
El bosque del recuerdo
Rutina rota de gente anónima
la sinrazón del terror de inhumanos,
que actúan en nombre de la fe,
causando atentados en estaciones ferroviarias.
Ciento noventa y una vidas seccionadas,
ciento noventa y una historias incompletas,
ciento noventa y una almas para el recuerdo de sus familias.
En silencio, todos en el bosque del recuerdo.
La gente anónima nos debemos proteger
de los protectores del mundo,
que globalizan el odio según sus intereses,
nos roban nuestra rutina de difícil tranquilidad.
Al pasar el tiempo y volver al once de Marzo,
volver a ir a la estación del tren del horror,
nos damos cuenta de que falta el señor,
que se sentaba a nuestro lado con un libro.
Un libro inacabado, historias incompletas.
Ciento noventa y un compañeros de viaje
desaparecidos dejando asientos vacíos.
En silencio, todos en el bosque del recuerdo.
Dos años después
Dos años después
Quieren que los llantos
se vuelvan de cristal
Quieren que la luz sin fin
del infinito
sea transparente
Que la calle sea
vuestra sonrisa
Que el rayo de sol sea
vuestro reflejo
Dos años después
del recuerdo…
el mes de marzo
sigue temblando en las entrañas de Madrid.
Dónde el hombre
Dónde el hombre,
su bandera enarbolada,
el hijo de la mano,
la risa trepando a cada surco
de ala imbatible,
el tiempo que revela la luz
de las palabras
el tono fraternal
del canto en el viento.
Había un andén para llegar
a la esperanza
y otro andén de regreso
al cereal del día.
Dónde el hombre,
que su tren extraviado
se hundió en la noche
de colmillos.
Dónde el hombre
que la sangre abre
con su rayo negro el espanto.
Había una estación
para sentarse a distribuir
la risa y el saludo.
Dónde el hombre
que ordenó la alianza
con la muerte a cambio
de monedas,
dónde el que acercó la llama
a la pólvora,
donde el hombre de a pedazos
que dejó apenas
su pavoroso silencio
en el estallido.
Había un manojo de vías
teñidas de fascismo,
aquel tren de la muerte
de Miguel Hernández,
aquel tren que el franquismo
moderno ha regresado
de la niebla funeral
que no se ha ido.
Dónde el hombre,
con su parca a cuestas,
con su miedo de espaldas,
con sus plegarias.
Sabrán los dueños
de la vida ajena
que el dolor no para,
que el llanto no acaba,
que un abismo de nada
se abre en cada casa
y que ya no tiene causa
la muerte en la tierra.
Dónde el hombre, mañana.
De Madrid al cielo
Sin subir ningún peldaño,
ni una escala tan siquiera.
Solo la maldad de algunos
que no conoce fronteras,
que a la hora de pensar
son peores que las fieras.
¿Cómo se puede cambiar
un día tan soleado
por nubarrones tan negros
por muerte de tanto hermano?
No tuvieron compasión
ni de niños ni de mayores,
de estudiantes o emigrantes,
ni de razas ni colores.
De madres que no tuvieron
la oportunidad de serlo
porque separan sus vidas
llevando sus hijos dentro.
La Cibeles se pregunta
¿qué pasa hoy en Madrid?
Que han perdido la sonrisa,
que no me miran ni a mi.
Ya que siempre yo he sido
el centro de reuniones masivas,
que siempre he celebrado
tantas fiestas y movidas.
Algo muy grande ha pasado
en mi querido Madrid,
ambulancias y bomberos
en caravanas sin fin
corren todos para Atocha.
¿Qué es lo que ha pasado allí?
Imposible de contar,
tanto dolor y ruina,
culpa de unos miserables
que juegas con nuestras vidas.
Hasta el cielo de Madrid
de color siempre celeste,
se vuelve negro de espanto
y llora su mala suerte.
En esos días tan tristes,
se ha podido comprobar
que España estuvo muy unida
en horas de adversidad.
Que no sirven documentos,
que separen las naciones,
que no hay poder en el mundo
que calle los corazones.
Un pueblo tan solidario,
que se volcó con la gente,
que dieron su sangre a todos,
salvando a muchos de la muerte.
Sin mirar si eran hermanos,
tíos, primos o parientes,
se merecen el aplauso
de los cinco continentes.
Andalucía quedó rota
ante tanto sufrimiento.
No sonaron las campanas,
no hubo pájaros en los cielos.
Tantas gentes en las calles,
todo en un profundo silencio.
Las olas de la bahía,
quedaron todas en suspenso,
extrañas de que en Cádiz
no se oyera movimiento
y que las playas estuvieran
tan tristes como un desierto.
Y el cielo también lloró
de impotencia y sin consuelo,
como queriendo lavar
las consecuencias de estos memos
que hicieron que el mundo entero
llorara por tantos muertos.



