El tren del horror

Amanecer con tristeza
caminando hacia la muerte
aquel fatídico día
en el mundo está presente.

11 de marzo en Madrid
dónde se sembró el dolor
por unas manos malditas
que no tienen corazón.

Como cerraron los ojos
de tantas vidas humanas
nunca me podré olvidar
de aquella triste mañana.

Hombres, mujeres y niños
caminan hacia la muerte
en aquel maldito tren
que se encontraron de frente.

Allí dejaron sus vidas
por unos lobos sangrientos
que solo buscan la muerte
como animales hambrientos.

Cuántas ilusiones rotas
cuántos pensamientos vanos
cortados por unas fieras
que no son seres humanos.

A Dios quiero preguntarle
y quiero que me conteste
qué hicieron aquellos hombres
para encontrarse la muerte.

Cada vez que lo recuerdo
se me encoge el corazón
y sin poder remediarlo
va aumentando mi dolor.

Mi homenaje es para ellos
con sentimiento profundo
y las manos asesinas
que se vayan de este mundo.

El tren de la vida

La vida no es más que un viaje por tren:
repleto de embarques y desembarques,
salpicado de accidentes, sorpresas
agradables en algunos embarques, y
profundas tristezas en otros. Al nacer, nos
subimos al tren y nos encontramos con
algunas personas las cuales creemos que
siempre estarán con nosotros en este viaje:
nuestros padres.

Lamentablemente la verdad es otra.
Ellos se bajarán en alguna estación
dejándonos huérfanos de su cariño,
amistad y su compañía irremplazable.
No obstante, esto no impide a que se
suban otras personas que nos serán
muy especiales.

Llegan nuestros hermanos, nuestros
amigos y nuestros maravillosos amores.
De lar personas que toman este tren,
habrán los que lo hagan como un
simple paseo, otros que encontraran
solamente tristeza en el viaje, y habrá
otros que circulando por el tren, estarán
siempre listos ayudar a quien lo necesite.

Muchos al viajar dejan una añoranza
permanente, otros pasan desapercibidos
que ni siquiera nos damos cuenta que
desocuparon el asiento.
Es curioso constatar que algunos pasajeros
quienes son más queridos para nosotros,
se acomodan en vagones distintos al
nuestro.

Por lo tanto se nos obliga hacer el trayecto
separados de ellos. Desde luego ni se nos
impide que durante el viaje, recorramos con
dificultades nuestro vagón y lleguemos a ellos…
pero lamentablemente, ya nos podremos
sentarnos a su lado, pues habrá otra persona
ocupando el asiento.

No importa; el viaje se hace de ese modo.
Lleno de desafíos, sueños, fantasías, esperas
y despedidas… pero jamás de regresos. Entonces
realicemos este viaje de la mejor manera posible.

Tratemos de relacionarnos bien con todos los
pasajeros, buscando en cada uno, lo que tengan
de mejor. Recordemos siempre que en algún
momento del trayecto, ellos podrán titubear y
probablemente precisemos entenderlos, ya
que nosotros también muchas veces titubearemos,
y habrá alguien que también nos comprenda.

El gran misterio, al fin, es que no sabremos
jamás en que estación bajaremos, mucho
menos donde bajarán nuestros compañeros,
ni siquiera el que está sentado en el asiento
de al lado.

Me quedo pensando si cuando baje del tren,
sentiré nostalgia… creo que si. Separarme
de algunos amigos de los que me hice en el
viaje será doloroso. Dejar que mis hijos
sigan solos, será muy triste. Pero me aferro
a la esperanza de que en algún momento,
llegue a la estación principal y tendrá la
gran emoción de verlos llegar con equipaje
que no tenían cuando se embarcaron.

Lo que me hará felizá pensar que colaboré
con que el equipaje creciera y se hiciera valioso.
Amigos, hagamos que nuestra estadía en este
tren sea tranquila, que haya valido la pena.
Hagamos tanto, para cuando llegue el momento
de desembarcar, nuestro asiento vacío, deje
añoranza y lindos recuerdos a los que el viaje
permanezcan.

El descendimiento

Desgarrarse del hijo.
Desprenderse de la carne.
Trazar una línea imperceptible desde el centro a la luz
y ver cómo la luz parte en dos tus esperanzas,
demuestra cómo el mundo se nutre de lo ajeno.
Así la muerte y sus gestos oscuros.
Así los brazos en cruz
como una interrogación sobre el vacío.
Así la cama desierta
y el ruido de la sangre golpeando las ventanas.
Así las sombras.

Eso fue una mañana
y ya no hubo otros marzos que llevarse a la boca.
El tiempo se detuvo para siempre en el mantel a cuadros
y ella supo, a partir de ese día, del dolor y sus costumbres,
de la lágrima vertida,
de la punzada de vidrio en el centro del pecho,
del grito que se extiende como un bálsamo,
de las grietas del alma,
de la herida.

El bosque del recuerdo

Rutina rota de gente anónima
la sinrazón del terror de inhumanos,
que actúan en nombre de la fe,
causando atentados en estaciones ferroviarias.

Ciento noventa y una vidas seccionadas,
ciento noventa y una historias incompletas,
ciento noventa y una almas para el recuerdo de sus familias.
En silencio, todos en el bosque del recuerdo.

La gente anónima nos debemos proteger
de los protectores del mundo,
que globalizan el odio según sus intereses,
nos roban nuestra rutina de difícil tranquilidad.

Al pasar el tiempo y volver al once de Marzo,
volver a ir a la estación del tren del horror,
nos damos cuenta de que falta el señor,
que se sentaba a nuestro lado con un libro.

Un libro inacabado, historias incompletas.
Ciento noventa y un compañeros de viaje
desaparecidos dejando asientos vacíos.
En silencio, todos en el bosque del recuerdo.