La tristeza de blanco luchaba por las palabras

Mofa, baile perenne que aquí todo es medido,
mis sensaciones solas los esfuerzos solemnes,
concluyen derretidos los pasos controlados,
pensamientos pesados el llanto del que llora,
la risa del que ríe. Sí ayer me lo contaron.

Tus derechos son míos son los mismos derechos,
y tú también los tienes sin comprender desvío,
al respetar los míos me parece imposible,
nos perdonan los muertos con sus voces tapadas,
miles de almas calladas sin servir para nada.

La Tristeza de Blanco Luchaba por Palabras
con el Corazón Válido, sus pesas te reclaman
para medir de nuevo los trece mil dialogos,
entretienen la espera quizá más importante
y cuando se desmide lo medido con sombras.

Porque no se conducen las esperanzas solas,
necesitan los brazos y las tardes serenas,
confío que me equivoque en los cálculos nuevos,
con medida electrónica se aclare incertidumbre;
que la necesitada es el alma bien medida.

Idus de marzo

Estruendos rompen el aire
Y desgarran la madrugada,
Humo, dolor y sangre
Manchan de rojo el alba.

Transporte menesteroso
Sarcófago de cercanías
Vagando por los raíles
Se escuchan las letanías.

Hombres con sueño vencido
Niños de escuela temprana
Mujeres de vientre vivido
Murieron por la mañana.

Un dios que desconocemos
Y cuyo nombre invocaban
Guió la mano asesina
De una matanza temprana.

Monótona cae la lluvia
Extendiendo su tristeza
Que silencia y acongoja
Todo cuanto nos rodea.

Las gotas se multiplican
Y forman ríos de agua
Corrientes de húmeda pena
Con lágrimas que ya no empapan

Ya sucedió en Casablanca
Y bajo la línea del cielo
También en el delta de Atocha
Espectros jalonan el suelo.

Todos nos fuimos un poco
En los idus de aquel marzo
De un Madrid acurrucado,
Inconsolable en su llanto.

Idus de marzo

Santa Eugenia es un tren de cercanías
que descarrila entre las dos Españas,
sangre en el Pozo, luto en las legañas
de la virgen de Atocha, madre mía.

Qué espanto, Leganés, qué uñas en celo,
qué pronto madrugó la madrugada,
qué tripas corazón, qué desconsuelo,
qué pesadilla, qué tanto por nada.

Pongamos que hablo de un Madrid herido,
póstumo, cojo, mártir, desabrido,
Samur de mica, feldespato y cuarzo.

Móvil afónico, cristales rotos,
luego llegó la gente con sus votos
a tomar por asalto el tren de marzo.

Identificación de cadáveres

He visto padres que no reconocen
la ropa muerta del hijo, rechazan
su pequeña medalla muerta; padres
que retrasan la carne de su carne,
reniegan de lo inerte que fue suyo,
precisan la genética y la duda,
dilatan la esperanza como un chicle
mil veces masticado y hacen nido
al dolor en el hueco de las sienes.

Porque salen más víctimas que muertos oficiales
hay más bolsas con restos que número mortal,
y hay dedos de un cadáver ya sin brazos
y una pierna infantil sin ningún nombre.

Los forenses anotan cualquier cosa
por si acaso: el color de una pestaña,
la textura del pelo de una joven
y su constelación de siete pecas.

Me pregunto quién antes realizó
la autopsia de las horas en mala hora,
quién pudo embalsamar todas las sábanas
todavía enfriándose el calor de los cuerpos,
quién alejó de sí la cercanía
y ordenó retirar los desayunos
antes de amanecer con mechas pelirrojas,
antes de interrumpir la corriente y la marcha,
los trenes torrenciales como ríos,
la sangre que madruga tan temprano…
…y entonces la extensión de la barbarie
manchando el sol de primerizo escombro
con cien caños de música que inundan
la orfandad de los móviles que ya nadie contesta.

Porque hay libros salvados que buscan a su dueño:
al estudiante con acné y legañas,
al limpiador de cristales rumano,
al administrativo y la modista
que leían lo mismo: vivir para contarla.

Hijos todos de la mañana niña,
familiares del tajo, los he visto.
y he visto que las cosas y la gente
rescatan de las vías su futuro
mutilado sin jueves, su después imposible:
el anillo de bodas, la foto de los nietos,
el carnet sindical, unas gafas sin ojos,
a muchos metros una mano sola,
la goma dos y el corazón sin brújula