Once más once

Una hilera de unos, once más once
coincidencia maldita o propósitos fúnebres
parece tener la trastienda de ignorante acometido.

Uno a uno se inmolan, once más once
arrebatan la vida, acomodan rencores,
viejas historias inconexas del no sentido.

De a uno a uno, once más once
buscan sedientos desde rincones silentes
la mortandad en las sombras, un final dirigido.

Uno torpe, otro más torpe, once más once
días de luto, dolor con causas y razones,
dos naciones que sufren del odio vivido.

Uno ahora, otro después, once más once
lloran las horas por las víctimas ausentes,
nada ni nadie hará olvidar a los que se han ido.

Once de marzo de 2004

Me resigno a ser mayor,
a pensar que hay tanta gente
que pasado el siglo XX
muere y mata por ideas
que no pueden defender.
Mi patria es la bandera
que con nombre de Mujer
ondea en el corazón.

Aquel jueves de matanza
yo viajaba en el vagón
de aquel tren de Cercanías
que llevaba cada día
mi Futuro y tu Esperanza,
tu rutina y mi Ilusión.

Empezaba bien el día,
el Madrid ganaba al Bayer,
pero inquieta en el andén
tu esperabas a ese tren
que nunca llegó a Entrevías
y yo ya llegaba tarde.

Me gustaba despertar
con el hechizo sonoro
que del tren se desprendía
mientras alguien repetía
por el hilo musical:
«Próxima estación: El Pozo».

No recuerdo nada más.
Solo sé que en el vagón
de aquel tren de Cercanías
mi Vida se despedía
de este mundo al que jamás
entendí ni me entendió.

No recuerdo nada más.
Solo sé que aquel vagón
de aquel tren de Cercanías
se llevaba mi Alegría,
mis ganas de llorar,
la cabeza, el corazón,

la Pasión y la Ansiedad,
la Mentira y la Verdad,

los milagros, las postales,
los pecados capitales,

las estrellas, los colores,
el aroma de las flores,

los recuerdos, la Poesía,
los fracasos, la ironía,

el Olvido y la Memoria,
el querer hacer historia,

las arcadas y las flemas,
el final de este poema.

Sólo quiero que alguien lleve
mi mensaje a la estación
donde espera un corazón
a que yo algún día llegue.

Once de marzo de 2004

Un grito estremecido
casi inaudible,
ahorcado,
inherente,
estalla unánime
con un «no» expreso
ante todos los locos:
locos de odio y de horror.
Nuestra vida reducida,
apenas perceptible,
permanece ahogada
porque es inherente
a los males en
que cabalga.
Cabalguemos atentos
con riendas de razones sensatas
con bridas de manos blancas,
con espuelas de calma.
Ahora, una vez más,
en el rugiente equilibrio,
emergen,
sobran las heridas de la palabra.

Nuestro amor no importa

Porque la tierra rota y se traslada,
porque también el átomo y la vida,
porque ardemos en sístoles
y trágicas diástoles,
porque el hombre de orce
se irguió una tarde y supo
que el futuro era suyo,
porque hay una mitosis
que supera a la química,
porque el lemur no tiene
bayas para su hambre,
porque en Marte hubo agua,
porque que hay una escritura
que aún no se ha descifrado,
porque la luz es curva,
porque hay una poesía
de cáncer y oncogenes,
porque una fiebre extraña
no encuentra su vacuna,
porque a las nueve y media
se juega el deportivo
su futuro en Mestalla,
porque alguien se autoinmola
y aquí no pasa nada,
porque una mujer llora
mirando a su asesino,
porque Renault no tiene
los mejores neumáticos
y debe conformarse
con seguir a Ferrari,
porque mi madre sufre
un vértigo terrible
y pelea en la cama
una guerra tranquila…

Porque hay mucho que hacer
y no nos queda tiempo…
nuestro amor, francamente, no importa.