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Nuestro propósito
Nunca volveremos a ver a todos los que nos faltan, pero su involuntario sacrificio permanecerá para siempre en nuestros corazones y en la memoria de toda la ciudadanía.
Tomamos también la palabra en representación de los que sobrevivieron, de aquellos que aún sufren la pesadilla del golpe cruel que ha marcado sus vidas para siempre y del que difícilmente podrán recuperarse algún día. De esos molestos testigos vivientes del horror.
Nuestro inmenso dolor nos empujó a aunar las fuerzas con el empeño decidido por conocer la VERDAD, la necesidad vital de conseguir JUSTICIA y REPARACIÓN, y el firme propósito de construir la MEMORIA y trabajar por la PAZ
Liturgia del instante en un tres de diciembre
La paz está perdida sólo si nos rendimos
Soy el mínimo instante de una boca que besa,
contumaz paladín de la sal de la vida,
del amor sin mordaza, también de la genciana,
del cisne, del ocaso, del pecho que amamanta
entre el llanto y la hambruna al futuro soldado
—liturgia del engaño— de mil guerras sin fin.
Ya soy hora zulú: ¡Alfa rojo llamando!
Oigo ladrar los perros ¿Son perros o tanquetas?
¿Cómo calmar la sed? Otro once de septiembre:
¡En Chile se estremecen, de miedo, hasta las piedras!
En el norte de España la bestia languidece
entre espasmos y balas atropellando vidas,
deshojando destinos sin saber bien por qué.
En la florida selva de la bella Colombia
los niños se embrutecen armados con fusiles,
boceto metafórico de un mundo sin matices;
escena desquiciada de un sádico guión.
Pasea la mañana con polisón de flores,
deslumbra en la vereda el piar del gorrión,
las ninfas se enternecen, el quetzal anda inquieto,
se otea en el horizonte la hermosa Navidad.
Siento, como el lagarto, el soplo horizontal
en la brizna de hierba que acaricia los vientres.
¿Por qué se mueve el aire? —preguntaste—¿Recuerdas?
¿Por qué? ¿Tú lo preguntas? ¡Qué puedo contestarte?
Anoche fui invitado a dislocar el tiempo
en un páramo frío de góticos relieves;
fui sitio de Numancia, la amargura de Allende,
Plaza Roja en Pekín, Madrid del treinta y siete.
Cruje un ángel distante en el café de Flore
intercambiando panes y relojes fugaces,
del bosque desgarrado llega el antiguo grito;
hay entre cal y huesos un cierto olor a sangre.
Miseria reflexiva, decadencia del necio
que interrumpe con fuego el abrazo de ideas;
como diría Sófocles: “¡Oh, efímeros míos!
¿Qué se es, qué no se es? Mas… la voz no les llega.
Soy el camino estrecho, la Candy milenaria,
dos torres derrumbándose, Bin Laden de bidé,
la ortopedia del alma inscripta en el peñasco,
leve gota de azufre, ingrávida Babel.
Un once de septiembre se abrieron los abismos,
en un once de marzo España enmudeció,
este tres de diciembre la banda de asesinos
—cuyo nombre repudio desde lo más profundo—
en un acto «valiente» de pura intolerancia,
armada de «razones» de nuevo asesinó.
La tristeza de blanco luchaba por las palabras
Mofa, baile perenne que aquí todo es medido,
mis sensaciones solas los esfuerzos solemnes,
concluyen derretidos los pasos controlados,
pensamientos pesados el llanto del que llora,
la risa del que ríe. Sí ayer me lo contaron.
Tus derechos son míos son los mismos derechos,
y tú también los tienes sin comprender desvío,
al respetar los míos me parece imposible,
nos perdonan los muertos con sus voces tapadas,
miles de almas calladas sin servir para nada.
La Tristeza de Blanco Luchaba por Palabras
con el Corazón Válido, sus pesas te reclaman
para medir de nuevo los trece mil dialogos,
entretienen la espera quizá más importante
y cuando se desmide lo medido con sombras.
Porque no se conducen las esperanzas solas,
necesitan los brazos y las tardes serenas,
confío que me equivoque en los cálculos nuevos,
con medida electrónica se aclare incertidumbre;
que la necesitada es el alma bien medida.
Idus de marzo
Estruendos rompen el aire
Y desgarran la madrugada,
Humo, dolor y sangre
Manchan de rojo el alba.
Transporte menesteroso
Sarcófago de cercanías
Vagando por los raíles
Se escuchan las letanías.
Hombres con sueño vencido
Niños de escuela temprana
Mujeres de vientre vivido
Murieron por la mañana.
Un dios que desconocemos
Y cuyo nombre invocaban
Guió la mano asesina
De una matanza temprana.
Monótona cae la lluvia
Extendiendo su tristeza
Que silencia y acongoja
Todo cuanto nos rodea.
Las gotas se multiplican
Y forman ríos de agua
Corrientes de húmeda pena
Con lágrimas que ya no empapan
Ya sucedió en Casablanca
Y bajo la línea del cielo
También en el delta de Atocha
Espectros jalonan el suelo.
Todos nos fuimos un poco
En los idus de aquel marzo
De un Madrid acurrucado,
Inconsolable en su llanto.
Idus de marzo
Santa Eugenia es un tren de cercanías
que descarrila entre las dos Españas,
sangre en el Pozo, luto en las legañas
de la virgen de Atocha, madre mía.
Qué espanto, Leganés, qué uñas en celo,
qué pronto madrugó la madrugada,
qué tripas corazón, qué desconsuelo,
qué pesadilla, qué tanto por nada.
Pongamos que hablo de un Madrid herido,
póstumo, cojo, mártir, desabrido,
Samur de mica, feldespato y cuarzo.
Móvil afónico, cristales rotos,
luego llegó la gente con sus votos
a tomar por asalto el tren de marzo.



