Triste amanecer

Esta es una pesadilla,
no puede ser verdad
lo que la radio dice
que en Madrid pasando está.

Fue un once de marzo
muy triste al despertar,
fueron unos terroristas
no se como llamar.

Unos locos malditos
mucha mano criminal
para subir al tren
y las mochilas dejar.

Destruyendo aquellas vidas
que iban a trabajar.
Eran jóvenes y mayores
todos a ganar el pan,
junto a los estudiantes
que su carrera pensaban en terminar.

Que ajenos estaban todos
de lo que podía pasar
de la maldita masacre
que acababa de estallar.

En aquel tren íbamos todos
como solemos decir.
Igual que les cogió a ellos
me pudo coger a mí.

El mundo entero acompañó
esta desgracia tan grande
que por primera vez vio
pasar la historia de España.

Un abrir y cerrar de ojos
todo en un solo instante,
todos los ciudadanos
nos salimos a la calle.

Junto a nuestros príncipes
que ellos quisieron estar
apoyando al pueblo
que triste y lloroso está.

Igual que lo ocultaban ellos
sin poderlo ocultar.
Todos en mucho silencio
pero pidiendo la paz.

Demostrando a esas familias
que tanto sufriendo están,
que todos estamos con ellos
y queremos consolar.

Por mucho que le digamos
no les podemos devolver
a aquellos seres queridos
que nunca volverán a ver.

Que dios a todos perdone
por su forma de actuar
ya que al final tuvieron
poco que envidiar.

Trenes de Cercanías

Tierra española
hoy en democracia,
tu pueblo gime
por una traición.
Porque bastardos
que habitan tu suelo
han masacrado
a tu población.

Bendita tierra,
muy acogedora,
levanta el alma
con fuerza y tesón
y al terrorismo,
fuera quien fuere,
castiga pronto
en una prisión.

Tierra española
viva y generosa,
no te doblegues
por esta traición,
porque tus hijos,
heroicos, valientes,
aunarán fuerzas
con abnegación.

Y en este Madrid
de nuestros amores
vivirán cantando
nuevos ruiseñores.

Serán aplaudidos,
serán escuchados
por los que murieron
en los atentados.

Una procesión de nubes,
blancas, de doce naciones,
cortejadas por querubes
destilarán emociones.

Y desde lo alto,
y desde arriba,
lloverán su encanto
sobre España viva.

Y yo, desde aquí,
a ti, Madrid.
Te envío un abrazo
con frenesí.

Bandos de palomas blancas,
surcan el cielo.
Bandos de palomas blancas
de desconsuelo.

Son las almas de los muchos
que fallecieron
cuando viles asesinos
los destruyeron.

Estupefactos preguntan
por qué lo hicieron,
pero no hallaron respuesta
al desafuero.

Unas bombas asesinas
los masacraron
sumiendo en dolor y ruinas
a un pueblo llano.

No sabéis lo que habéis hecho,
horda asesina, malvada.
No sabéis lo habéis hecho
esbirros de una manada.

Trenes

Iban; venían. No volvieron.
De aspecto dormidor
ecibiendo apenas en sus ojos amaneceres y ocasos;
del barrio a la ciudad;
del trabajo a la casa
en rutina aceptada,
mansa y sufriente.
Y no volvieron.
Llevados al suburbio para carne de trabajo:
obreros, cazadora de plástico,
mujeres de rostro trabajado de faenas,
empleados que aspiran a un puesto más alto,
jóvenes despreocupados,
secretarias que se arreglan para huir de la grisura,
inmigrantes un punto más allá del recelo
porque ya conocen la ciudad enemiga
llenan los trenes, a veces se agolpan;
dormitan los sentados
y otros hojean leves diarios gratuitos.
Y doscientos no volvieron.

Cuando todo es mecánico,
cuando lo humano se esconde en riadas de autómatas,
cuando sólo les dejan la aspiración de comprar un coche,
hacer una boda para ser efímeros reyes con los suyos,
cuando el fin de la vida es lograr un empleo,
que nada íntimo justifica,
y someterse a reglas, a cambio de monedas,
estalla entonces la maldad absoluta,
el non serviam diabólico,
el asesino justiciero, de enormes injusticias,
intérprete de dioses imaginarios
recogidos en añejos papeles;
obediente a arcanos fines
que repugnan al hombre,
movido como títere por hilos ocultos en lo abstracto.
Esa bestia que viene de lo antiguo
acciona el rencor de la ciencia moderna
y con técnica destroza personas
en trozos de carne humana,
de vida estallada, de dolor,
que recogerán otras técnicas de medicina y funerales.
Y los muertos serán contados, inscritos,
analizados en sus vísceras y huesos;
pero el pálpito extinguido de la vida
golpea la emoción del que se salva,
del cuidador que se agacha para tender la mano
y con ella roza la ensangrentada mejilla
y 200 no volvieron

Sus asesinos serán execrados;
pero ellos no volvieron;
una máscara de piedad
se impondrá por publica conveniencia,
pero dentro, el corazón de tantos llorará en silencio,
pues no volvieron.
Se fueron los hermanos y una ola de amor viajará por las vías,
irá dando gritos callados por metros y calles,
mirará con ojos ausentes los ordenadores,
recordará que los trenes a veces llevan a la muerte.

Hermanos del Sur, del Este y del Oeste;
del Danubio y los Andes;
magrebíes, caribeños, y vosotros españoles, hermanos de siempre,
habláis más que nunca en vuestro silencio definitivo;
vuestra carne rota ha hecho recordarnos lo humano;
y odiar el odio, la sinrazón y la locura.

Pena inmensa, dolor permanente,
pero, ¡gracias!
porque vuestro sacrificioha obligado a sentirnos humanos,
aunque no volvieron.

Tren

Él quería reconstruir el futuro antes de su llegada,
pues cada madrugada caía una amarga guillotina
sobre sus dedos cuando acariciaba los mapas.

Ella, adormecida entre los sordos ruidos
de los metales fugaces, de los plásticos imprecisos,
se acunaba entre los labios que ayer la besaron.

Ella recomponía los números imposibles,
los que nunca llegan, los que siempre faltan,
matemáticas del deseo y la espera.

Él explicaba al reflejo del cristal
las mil razones escondidas entre las
sinrazones de un suspenso inexplicable.

Ella releía a su hijo hecho de papel,
hijo sin rostro, de paseos por su vientre,
hijo expectante e impaciente.

Él reposaba su espalda sobre el aire libre del vagón.
Y su cabeza descansaba mansamente.
Su mirada, aún en el recuerdo alegre de las sábanas.

Él se dejaba hacer, extraviado entre las tintas
constructoras de mundos ajenos,
cotidiana cercanía de páginas asombradas.

El soñaba. Ella también.
Asientos negros. Raíles sin destino.
Humo miserable encubriendo la vergüenza.

Doscientos billetes de muerte.
Una sola boca afónica.