Discurso en el XXII aniversario del 11 de marzo de 2004
Buenos días a todas y a todos.
Gracias a las instituciones que hoy nos acogen, a quienes han hecho posible este acto y a todas las personas que habéis decidido estar aquí, acompañándonos una vez más en un día que no pertenece solo al calendario, sino también a la conciencia colectiva de nuestro país.
Un saludo muy especial a las víctimas, a sus familias, a quienes sobrevivieron, a quienes cuidaron. Y también a quienes, sin haber estado allí, han decidido no mirar hacia otro lado durante estos veintidós años.
Porque recordar no es un gesto automático.
Recordar es una decisión ética.
Y hoy estamos aquí porque seguimos eligiendo recordar.
Han pasado veintidós años.
Una cifra que puede parecer lejana para quien la observa desde fuera. Pero no para nosotros.
El tiempo no borra las ausencias.
No suaviza los silencios.
No reconstruye las vidas que quedaron rotas aquella mañana.
Perdimos a seres muy queridos, tantos que aquí no podemos decir todos sus nombres. Aunque los llevamos siempre en los labios. Y en el corazón.
Fueron 68 en la estación de El Pozo.
64 junto a la calle de Téllez.
34 en la estación de Atocha.
16 en la estación de Santa Eugenia.
Y el resto, hasta 191, en los hospitales.
Después se sumó el GEO que murió en Leganés.
Y diez años más tarde se nos fue Laura, sin haber despertado del coma.
De ahí el cómputo terrible de 193.
Pero nuestros muertos siguen estando.
Están en las sillas vacías.
En los cumpleaños.
En las navidades.
En las bodas o las fiestas que ya nunca se celebran igual.
Están en los trayectos cotidianos que dejaron de ser normales para siempre.
Y nuestros más de dos mil heridos siguen doliendo.
Porque las heridas del terrorismo no terminan cuando acaba la noticia.
Continúan en los hospitales.
En las terapias.
En las dificultades laborales.
En la salud mental.
En las relaciones familiares.
Continúan en la vida diaria de miles de personas que siguen conviviendo con las consecuencias de aquel 11 de marzo.
El atentado no duró una mañana.
Sus efectos duran generaciones.
Y precisamente porque sabemos lo que significa atravesar una tragedia colectiva, queremos dedicar hoy unas palabras de solidaridad y cariño a las víctimas del reciente accidente ferroviario de Adamuz.
Ver los vagones destrozados.
Ver a las familias esperando noticias.
Sentir esa incertidumbre insoportable entre la esperanza y el miedo.
Todo eso despertó en nosotros recuerdos muy dolorosos.
Por eso queremos decirles algo sencillo, pero de todo corazón:
No estáis solos.
Porque el dolor puede acompañarse.
Y ya que hablamos de las noticias que nos interpelan, tampoco podemos dejar de mirar con preocupación lo que ocurre en el mundo.
No solo Ucrania o Gaza.
Ahora también Irán.
Las víctimas del terrorismo sabemos bien que las guerras rara vez se quedan donde empiezan.
Sus consecuencias viajan, atraviesan fronteras y terminan alcanzando a personas que nunca tuvieron poder para decidirlas.
Hace veintitrés años el mundo también vivía tiempos de guerra.
Y nosotros sabemos demasiado bien qué ocurrió después.
Cuando empiezan las guerras, los poderosos dan las órdenes.
Los ricos financian la contienda.
Y los pobres envían a sus hijos.
Cuando terminan, los poderosos celebran las victorias.
Los ricos cobran los intereses.
Y las familias entierran a sus hijos.
Por eso hoy queremos decirlo con claridad:
No queremos repetir la historia.
Las víctimas del terrorismo sabemos que cada escalada de violencia puede terminar teniendo consecuencias humanas devastadoras.
Por eso, desde nuestra memoria y desde nuestro dolor, seguiremos defendiendo siempre lo mismo: la vida, la paz y la responsabilidad de no empujar al mundo hacia tragedias que luego nadie puede reparar.
Hoy queremos agradecer, con todo cariño, a los servicios públicos.
A sanitarios, policías, bomberos, psicólogos, trabajadores sociales, personal de emergencias, jueces, docentes y tantos profesionales que sostuvieron —y siguen sosteniendo— a las víctimas cuando todo se rompió.
Ellos representan algo esencial: la presencia del Estado cuando la ciudadanía más lo necesita.
Los servicios públicos no son un gasto prescindible.
Son una red de protección social que salva vidas, reconstruye dignidades y evita que el dolor se convierta en abandono.
Debilitarlos o vaciarlos en nombre de políticas que solo miran el corto plazo no es eficiencia.
Es fragilidad social.
Y esa fragilidad siempre termina pagándose más cara. En sufrimiento humano y en desigualdad.
También queremos agradecer hoy a las gentes de bien.
A quienes, durante años difíciles, no aceptaron las mentiras ni las manipulaciones interesadas sobre el 11 de marzo.
A quienes defendieron los hechos frente al ruido.
Porque hubo años en los que el dolor de las víctimas fue utilizado como campo de batalla.
La verdad necesita defensores tranquilos, constantes y honestos.
Gracias a quienes habéis hecho vuestra nuestra causa.
Porque lo que nunca tendría que haber sucedido no terminó con las explosiones.
Después llegó algo igualmente doloroso: la utilización oportunista de nuestro sufrimiento.
Utilización política.
Utilización económica.
Utilización mediática.
Cuando la mentira se instala sobre una tragedia, las víctimas sufren dos veces:
primero por el suceso, el atentado
y después por la distorsión de su memoria.
Hoy uno de cada tres españoles continúa creyendo que algo extraño, quizás relacionado con ETA, ocurrió el 11 de marzo de 2004.
Es un dato, no una opinión.
Es la prueba de cuánto daño puede hacer la desinformación sostenida en el tiempo.
Y en este asunto no hay medias tintas.
No hay neutralidad posible entre la verdad acreditada y la falsedad interesada.
Muchas veces nos preguntan si se ha hecho justicia.
Desde el punto de vista legal, el Estado de derecho actuó. Y hubo condenas, aunque menos de las que hubiéramos deseado.
Se hizo toda la justicia que entonces era posible.
Y conviene recordarlo: las víctimas no buscamos venganza.
Pero desde el punto de vista humano no hay justicia cuando las personas que perdimos no regresan.
Por eso la memoria se convierte en la última forma de justicia.
Recordar lo que realmente sucedió.
Nombrar la verdad.
Transmitirla a quienes no estuvieron allí.
La memoria no es venganza.
La memoria es responsabilidad democrática.
Últimamente nos preocupa algo que empezamos a percibir.
Algunos actos institucionales hablan del Día Europeo de las Víctimas del Terrorismo sin nombrar el 11 de marzo.
Sin nombrar Madrid.
Sin nombrar a nuestros muertos y a nuestros heridos.
Recordar a todas las víctimas es necesario.
Pero olvidar el origen de esta fecha no es inclusión.
Es dilución.
No somos una abstracción histórica.
Somos miles de personas que seguimos aquí.
Personas que vivimos con cicatrices visibles e invisibles.
Personas que recordamos a todos y cada uno de los que murieron aquella mañana.
Personas que seguimos reconstruyendo nuestras vidas cada día.
No pedimos privilegios.
Pedimos algo más básico: reconocimiento, verdad y memoria.
Porque cuando una sociedad deja de nombrar a sus víctimas, empieza lentamente a olvidar lo que ocurrió.
Y olvidar siempre abre la puerta a repetir errores.
Esperamos con impaciencia el Centro Memorial dedicado al yihadismo que tendrá su sede en el Palacio de Medinaceli.
También el Centro Memorial que impulsa la Comunidad de Madrid.
Seguimos esperando además el nuevo monumento que el Ayuntamiento anunció tras desmontar el lucernario de cristal situado en el exterior de Atocha.
A día de hoy no tenemos información sobre el estado del proyecto.
Tampoco se ha resuelto la situación del monumento de San Agustín de Guadalix.
La escultura, en 2004 homenaje a las víctimas del 11-M, fue posteriormente reubicada y renombrada para honrar a la Guardia Civil.
Resulta difícil explicar —y aún más comprender— que un reconocimiento necesario a las fuerzas de seguridad se realice reutilizando un monumento previamente dedicado a otras víctimas. Ni unos ni otros merecen, merecemos, homenajes así.
La memoria necesita coherencia, respeto y compromiso visible.
Por ello, muchísimas gracias a todos los que contáis a los jóvenes lo que pasó el 11 de marzo.
Y que la violencia no es la solución.
Y que no hay nada, ni divino ni humano, que justifique una muerte.
Gracias, profesores, víctimas docentes, periodistas, padres…
Porque, por vosotros, la memoria pervive a través de las nuevas generaciones.
Y gracias a esos jóvenes que no vivieron aquel día, pero han querido comprenderlo, nombrarlo y hacerlo suyo desde la palabra y desde el respeto.
Muchos nos enviáis dibujos y poemas que guardamos como tesoros.
Como estos ocho versos de una alumna del IES Pedro Cerrada de Zaragoza, que hablan de dolor y de resiliencia:
“Sueños volados”
Madrid despertó herida aquella mañana,
el tren llevaba sueños y rutinas,
y el miedo oscureció calles y esquinas
rompiendo en llanto el pulso de la vida.
Pero en el dolor nace la esperanza:
manos unidas, luz entre cenizas,
un pueblo entero alzando su promesa
de no rendirse nunca ante la herida.
Hoy, veintidós años después, seguimos aquí.
No desde el odio.
No desde la confrontación.
Sino desde la dignidad.
Defendiendo la memoria como un bien común.
Defendiendo la verdad y la paz como bases de la convivencia.
Defendiendo una sociedad que cuide, que recuerde y que aprenda.
Porque mientras haya alguien dispuesto a recordar,
el 11 de marzo seguirá formando parte de nuestra conciencia colectiva.
Y nosotros seguiremos diciendo los nombres de quienes nos fueron arrebatados.
Muchas gracias por escucharnos.
Muchas gracias por darnos voz.
Muchas gracias.



