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Él quería reconstruir el futuro antes de su llegada,
pues cada madrugada caía una amarga guillotina
sobre sus dedos cuando acariciaba los mapas.

Ella, adormecida entre los sordos ruidos
de los metales fugaces, de los plásticos imprecisos,
se acunaba entre los labios que ayer la besaron.

Ella recomponía los números imposibles,
los que nunca llegan, los que siempre faltan,
matemáticas del deseo y la espera.

Él explicaba al reflejo del cristal
las mil razones escondidas entre las
sinrazones de un suspenso inexplicable.

Ella releía a su hijo hecho de papel,
hijo sin rostro, de paseos por su vientre,
hijo expectante e impaciente.

Él reposaba su espalda sobre el aire libre del vagón.
Y su cabeza descansaba mansamente.
Su mirada, aún en el recuerdo alegre de las sábanas.

Él se dejaba hacer, extraviado entre las tintas
constructoras de mundos ajenos,
cotidiana cercanía de páginas asombradas.

El soñaba. Ella también.
Asientos negros. Raíles sin destino.
Humo miserable encubriendo la vergüenza.

Doscientos billetes de muerte.
Una sola boca afónica.