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por Ana García Presa

Una guerra cruel había devastado el país dejándolo sin recursos y muriendo parte de sus habitantes, entre ellos, el joven Salik. Su madre, Malina, había vivido toda su vida pendiente de él, y esperaba con ilusión cuidar un día de los nietos de su hijo. Pero la guerra se lo llevó.

Desde aquel día, Malina, no pudo hacer nada, se pasaba los días en la cama llorando la muerte de su hijo.

La guerra terminó y los habitantes de aquel país retomaron sus vidas. La vieja tahona siguió fabricando el pan a diario con la misma exactitud, el almendro floreció a la llegada de la primavera, los mirlos volvieron al nido a criar a sus polluelos, y los vecinos de Malina, tuvieron un nuevo y precioso bebé. Todo esto sucedía mientras Malina seguía postrada en su cama.

Un día, Malina decidió salir de su casa, y comenzó a cuidar su pequeño jardín, y al regar el almendro entre las flores vio el rostro de Salik que le sonreía. Dio de comer al pequeño mirlo, y en el nido vio otra vez la sonrisa de Salik. Se acercó a visitar al nuevo bebé de sus vecinos y este le devolvió de nuevo la sonrisa de Salik. Al atardecer, el rostro de Salik nunca se había ido sino que seguía con ella dentro de su corazón, y le encontraba en los pequeños actos de su vida.

Salik se alegraba si veía a su madre feliz.

Desde entonces, Malina, nunca más volvió a estar triste, porque sabía que Salik siempre estaría con ella, y como todos los habitantes de su país trabajo duro para reconstruirlo. Allí vivió muchos años y os puedo decir que fue muy feliz.

Esto pasó hace mucho tiempo, y en aquel país nunca más hubo guerra, por eso sus habitantes le cambiaron el nombre y le llamaron: Paz.