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Dónde el hombre,
su bandera enarbolada,
el hijo de la mano,
la risa trepando a cada surco
de ala imbatible,
el tiempo que revela la luz
de las palabras
el tono fraternal
del canto en el viento.
Había un andén para llegar
a la esperanza
y otro andén de regreso
al cereal del día.
Dónde el hombre,
que su tren extraviado
se hundió en la noche
de colmillos.
Dónde el hombre
que la sangre abre
con su rayo negro el espanto.
Había una estación
para sentarse a distribuir
la risa y el saludo.
Dónde el hombre
que ordenó la alianza
con la muerte a cambio
de monedas,
dónde el que acercó la llama
a la pólvora,
donde el hombre de a pedazos
que dejó apenas
su pavoroso silencio
en el estallido.
Había un manojo de vías
teñidas de fascismo,
aquel tren de la muerte
de Miguel Hernández,
aquel tren que el franquismo
moderno ha regresado
de la niebla funeral
que no se ha ido.
Dónde el hombre,
con su parca a cuestas,
con su miedo de espaldas,
con sus plegarias.
Sabrán los dueños
de la vida ajena
que el dolor no para,
que el llanto no acaba,
que un abismo de nada
se abre en cada casa
y que ya no tiene causa
la muerte en la tierra.
Dónde el hombre, mañana.