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No sé si eran trenes.
salían desde el fuego, carreteras
con gente como antorchas, inundando la tarde.
Mirabas hacia atrás, veías charcos,
miradas que mostraban lobos dulces,
lobos locos aullando, lobos desheredados,
lobos lentos muriéndose de amor.
Había niños, como puzzles bellísimos,
rasgados por el odio. unas muchachas
agarrándose al miedo, con las túnicas
sajadas y asomándose
Los delicados pechos contra el fuego.
Delgadísimos viejos renqueando
entre el polvo y el aire enfurecido.
la ciudad diluyéndose,
Sodoma o Madrid, Mathaussen o Manhattan.

No sé si eran trenes,
ni en qué lugar el dios, ni é creencia,
ni por qué tanto pánico. y el cielo
era una hoguera rosa que caía
a láminas de sal. ella, desnuda,
no sé si descendiendo de un vagón
que saliera temprano hacia el infierno.