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El tren sigue imperturbable su camino.
Limpia el vaho del cristal.
Ya no divisa el vertedero humano
del mundo de las contradicciones,
ahora pasa junto a un campo de amapolas
y ve como Camile y Jean, su hija y ella,
bajan una pendiente entre la hierba
mientras Monet plasma su adoración en el lienzo.
Salta entonces del vagón agónico
y se mezcla entre los topacios terciopelo
y siente la húmeda caricia del césped silvestre
que impregna de frescura sus piernas a cada paso.
Se descalza para pisar la tierra,
gira sobre sus pies para otear el horizonte
y grabar en su retina la belleza de la luz,
con todos sus matices.
Y alguien desempolva el arpa que se hallaba dormida
bajo la corteza de un sauce
y le canta una nana con arpegios
que son mariposas
que vuelan besando sus párpados.
Y se tumba dichosa sobre la técnica púrpura
y una nube de azúcar
Y sueña que sigue viva en un marzo de esperanza
que ya huele primavera.